martes, 13 de noviembre de 2007

Siete meses

Siete meses. Siete meses de angustia ilusionante. Doscientos diez días de vida de una bebé pequeñita. Tiempo de silencios escondidos. Tiempo de ilusiones compartidas a través de miradas de soslayo. Tiempo de arrojo y desesperación. Tiempo de sensaciones inolvidables, venturosas y agobiantes. Tiempo de alerta a cada detalle, por mínimo que pudiera ser. Tiempo de pataditas en el vientre, de movimientos que pudieran parecer sin sentido, dulces y amargos al unísono. Tiempo de difíciles contracciones, de reposo obligado de alma y cuerpo. Tiempo de preparativos, de cosas chiquitas, de vida que quiere asomar a la vida. Tiempo para tener tiempo. Tiempo para no saber que hacer cuando las lágrimas aparecen con cierta desesperanza ante dolores que no vienen a cuento. Tiempo para observar el presente como único instante verdaderamente importante, aunque mirando de reojo los días que sobrevendrán, los meses que caerán poco a poco. Tiempo para preparar el nacimiento de una niña, de nuestra hija, del regalo que Dios nos quiso hacernos hace siete meses...
Siete meses. Siete meses que parecen siglos.
Siete meses. Y después vendrá el octavo, y si Dios quiere el noveno...
Siete meses. Este es momento que toca abrazar. Y lo hacemos juntos, y lo hacemos con la mejor de nuestras sonrisas, a veces esbozadas por puro trámite; pero al fin y al cabo, sentimientos que afloran de lo más hondo de nuestra existencia.
Siete meses de buena esperanza...

miércoles, 18 de julio de 2007

El pasar de los días

Quizá no tenga demasiado sentido, pero hoy necesito que los días vayan pasando con la mayor rapidez posible. Se que no puedo manejar el tiempo, pero ya me gustaría. Quizá perdería sentido todo por lo que vivo, o por lo lucho día a día. O quizá fuera posible ajustar mi vida a unos cambios temporales que ni yo mismo imagino.
Lo más importante es que un corazón chiquito, continúa latiendo. Eso me llena de ilusión y de ganas de vivir. Nunca pensé que algo tan liviano y tan normal como un corazón en pleno funcionamiento, me llegara tanto al alma. Es verdad que la vida cambia. Y para bien, por supuesto.
Es posible que vea las cosas demasiado lejos todavía, pero las siento muy cerca, casi que puedo tocarlas. Ver su silueta a través de la tecnología moderna, es a la vez emocionante y desconcertante. Como de un sentimiento carnal puede asomar a la vida una cosita tan pequeña.
Me maravilla la vida, que me ofrece tantos misterios por resolver todos los días.
Veo el resultado en negativo de una fotografía impensable, y apareces tu. Y llevándote en su vientre, mi gran amor, mi compañera. Y ahora mamá... Simplemente maravilloso.

lunes, 25 de junio de 2007

Cuando te sientes atado de pies y manos

A lo largo de los días he intentado en muchas ocasiones hacer algo que pensaba que tendría su repercusión. Por supuesto, todo bueno. Sin embargo, después de haberlo intentando sin descanso, me he dado cuenta de que mis esfuerzos eran en balde. O por lo menos, no causaban el efecto esperado.
Ahora mismo, tengo esa misma sensación. Es difícil y complicado solucionar los problemas cuando no está en tu mano el poder resolverlos. Y más si cabe, cuando la solución depende del paso del tiempo,de los designios divinos y quizá de sentimientos, emociones y estados de ánimo. Nosotros podemos ayudar creando un ambiente lo más tranquilo posible, viviendo en calma aparente. Tratando de dejar a un lado los malos pensamientos, y los rollos diarios sin resolver.
Lo normal es caer en la desesperación de cuando algo se te va de las manos. De echo me he sentido así en los últimos días. Ahora bien, pensar en el futuro inmediato me llena de inmensa alegría. Pensar que día a día va creciendo esa ilusión, contra viento y marea, a cierto modo desvalida, pero con un corazón chiquito que no para de latir, es una sensación sublime que no podría describir.
Como casi siempre (hay veces en las que, bueno, no lo he hecho como hubiera querido), me pongo en manos de Dios. Que sea lo que Dios quiera.

Que así sea.

lunes, 11 de junio de 2007

Realmente, es difícil de explicar

Podría caer sin más en la rutina de los comentarios tan usados y extendidos, que las palabras solamente serían una burda repetición de lo ya conocido. Sin embargo hay un hecho evidente que torna la situación al revés. Ahora soy yo el que las reproduce, el que las alienta, y el que escribe desde lo más profundo de su corazón.
Miles de veces escuché que te cambia la vida. Otras tantas que se acabó lo bueno. Algunas que decían que no sabían si dar el pésame o la enhorabuena... Hay tantas cosas que se dicen, y que están y estarán escritas. Sin embargo, por hoy, me importan los sentimientos, las sensaciones, lo que vivo día a día. Dios proveerá lo que tenga que venir, y lo aceptaré en la medida de mis posibilidades.
Buscábamos enrolarnos en una aventura de estas características. Es posible que el cuerpo nos pidiera marcha. De todas formas, creo que era el momento ideal para embarcar rumbo al futuro inmediato. Tomamos nuestras maletas llenas de ilusiones y nerviosismos, contando solamente con nuestro amor recíproco. Bueno, eso es mucho más que ir solos. Una vez en cubierta, paseamos cogidos de la mano, mientras la brisa del mar nos acariciaba el rostro. Te veía brillante, como solo las estrellas saben brillar. Te notaba feliz, y eso para mí era el único aliento necesario para seguir adelante. Miradas cómplices cada cinco metros. Caminábamos despacio, sin prisa, disfrutando de cada segundo. En ocasiones, parábamos a observar la majestuosidad del mar. Tanta inmensidad colmaba de tranquilidad nuestros pensamientos. El sol nos brindaba su calor. Daba la sensación de que nos mecía lentamente. Por un momento nos sentimos fuera de nosotros, extasiados, en un momento de amor sin medida.
Al abrir los ojos, me encontré en casa, a tu lado, y con lágrimas en los ojos. Me miraste. Nunca podré olvidar esa ternura que desprendías. Me abrazaste. Lágrimas caían por mis mejillas. Era una de esas ocasiones en las que dejarse llevar por el llanto, te llena completamente.
Fueron unos minutos inolvidables, mientras mirábamos de soslayo la prueba sobre la cama.
Dios nos bendecía con un regalo inmenso: ser padres...
A tí, mi compañera, mi dulce vivir. Abracemos unidos esta nueva etapa de la vida. Pongamos nuestras ilusiones en manos de Dios, y confiemos ciegamente en que El proveerá todo lo que podamos necesitar.
Ufff !!!! Ser papás... Bendita y maravillosa ilusión...

martes, 17 de abril de 2007

Mesario

El día de hoy podría pasar desapercibido como uno más del calendario. A simple vista, no tiene un significado especial. Sin embargo, para mí encierra un contenido especial.
Al llegar la primavera, como que el estado de ánimo cambia un poco. Olvidamos la común tristeza y añoranza del otoño y del invierno, para instalarnos en una cierta alegría que aumenta según avanzan los días. Las horas de sol que nos acompañan se hacen más intensas. Las nubes, aunque las hay, dejan paso a los rayos del astro rey.
Hace ya algunos años que decidí comenzar una aventura en común con la persona que ahora llena todos mis días. Recuerdo con facilidad nuestro comienzo, no exento de dudas e inseguridades, como cualquier pareja que decide empezar a conocerse en profundidad. Paseos por el parque agarrados de la mano, sin pensar mas que el momento presente que vivíamos. Problemas propios de la edad que intentábamos solucionar con nuestros medios, sin la sapiencia que te da la vida con el paso de los años. Al recordar, me doy cuenta que habría sido posible afrontar las dificultades con otro talante, y otra manera de actuar. Pero no tengo la certeza absoluta de que si volviera a encontrarme de bruces con aquel tiempo, mis reacciones hubiesen preferido la otra cara de la moneda. Es más, casi doy por seguro que hubiera seguido el mismo guión que empleé en aquellas funciones.
¿Cómo es posible que dos almas tan distintas, venidas de familias con tradiciones similares pero opuestas, con unos valores semejantes´pero en distinto orden de prelación, pudieran llegar a ese estado de mutua atracción? No hablo solamente del físico, que lo hubo, lo hay y lo habrá. Sino el espiritual. Regresan a mi memoria momentos de dificultad. No lográbamos encontrar la solución adecuada. Pero nos manteníamos unidos. He llorado mucho. Bueno, hemos llorado mucho. En ocasiones la ofuscación se adueñaba de nuestros momentos, convirtiéndolos sencillamente en pesadillas que duraban días. Imagino que tienen que ver con la sensación de querer que las cosas vayan bien siempre. Y eso, a medida que vas cumpliendo años, resulta que es del todo imposible. Hubo momentos de oscuridad, como también los hubo de perfecta claridad. La relación se forjó en la confianza y en el respeto por el otro. Ella me amaba, a su manera, y yo le correspondía a la mía. Cuando lo suyo y lo mío entrelazaban sin hacer ruido, la sensación de enamoramiento adolescente era abrumadora. Las veces en que, por diversas razones, no conectábamos del todo, los instantes nos daban la espalda. Incluso a veces, con un grado de sopor un tanto insportable.
A medida que la relación avanzó en el tiempo, los pilares de nuestra vida en común, fueron asentándose en el terreno. Y también eran distintos los problemas que sobrevenían. Pero ahora los podíamos afrontar con cierto aire de arrogancia, pues conocíamos un secreto que nos ayudaba a superarlos. Ese secreto que aún sigue siéndolo, terminó por modelar una escultura, que presentamos a Dios y al mundo un 10 de agosto de 2002. Ese día fue el final de una etapa, tan conmovedora como difícil, tan pasional como sencilla, tan llena de sorpresas como de regalos de segunda fila.
Nunca fue fácil abandonar la tierra donde uno se hizo hombre. O por lo menos, medio hombre. Quizá ese destierro elegido ha terminado por ir llenando nuestras alforjas de ciertos elementos que nos ayudan a soportar la carga de no tener a la familia a nuestro lado. No es sencillo volar sin el cobijo acostumbrado de unos padres; tampoco lo es, correr por senderos llenos de decisiones cuando es imposible pedir consejo a un hermano. Sin embargo nuestra elección, motivada por la elección laboral escogida, pienso que fue la correcta. Dios nos irá diciendo con el correr del tiempo, si escogimos la opción que más convenía a nuestra vida.
Siempre he pensado que nuestra vida está escrita en un gran libro. Y cada situación que vivimos puede leerse con todo lujo de detalles en sus páginas. Dios mueve sus hilos, y nosotros tratamos de seguirlos en la medida de nuestras posibilidades. A veces me he preguntado que nos puede deparar la vida. Y he encontrado la respuesta cada vez que me he cuestionado ese interrogante. Y además es muy sencilla: vive el momento presente como si fuera el último, y prepara con amor e ilusión el futuro inmediato. Guarda en tu corazón cada instante vivido con amor, y aprende de tus errores. Abraza las dificultades y descubre que tras ellas se te brinda la oportunidad de empezar de nuevo. Y en la medida de posible, afronta cada situación con una sonrisa en los labios. Quien sabe si con ese simple gesto sin esfuerzo, puedes regalar alegría y satisfacción a la persona que tengas a tu lado en cada momento.
Finalmente, quisiera agradecerte a tí, cariño, que me has dado y me das la oportunidad de despertar a tu lado todos los días. Haces que me sienta alegre, lleno de felicidad, y con ganas de mirar al futuro con esperanza.
Un deseo: permanecer unidos y buscar juntos aquello que nos traerá la verdadera felicidad.
Te quiero.

lunes, 16 de abril de 2007

En el momento oportuno

Rebeca descolgó el teléfono. No sabía si hacer o no esa llamada. Su corazón le empujaba; su cabeza, hacía retroceder su mano cuando se proponía marcar en el teclado numérico. Temblaba. Era un temblor nervioso. Tenía que dar un giro brusco para poder colocar las cosas en el lugar del cual nunca deberían haber salido. Quizá no era demasiado tarde para llegar a buen puerto. Sin embargo, algo en su interior no la dejaba con la tranquilidad suficiente. Volvió a colgar el auricular. Cruzó sus piernas en el sofá. Sentía frío. Alcanzó una pequeña manta de la silla que tenía al lado. Se la colocó por encima. Al instante, comenzó a percibir que la temperatura se hacía más liviana. Su corazón bombeaba con irregularidad, demasiado deprisa. Tengo que calmarme, pensó. Respiró hondo, y pensó en algo que la tranquilizara. A su memoria volvieron imágenes del pasado. En ellas podía contemplar como su sonrisa era la dueña de cada escena. Y no estaba sola. Agustín estaba con ella. Rebeca se veía reflejada a si misma disfrutando de un paseo por el parque, junto a su mejor amigo. Reían y reían. Hablaban y hablaban. Sin parar. Era un concierto a dos voces con una musicalidad exquisita. Recordaba casi a la perfección cada parte de la conversación que ambos mantuvieron aquella tarde de primavera. No había secretos entre ellos. Parecían una sola alma, un solo individuo. Conversaron abiertamente sobre sus sentimientos, sobre sus preocupaciones, sobre sus familias, sobre la vida... Una tarde llena de sorpresas a contratiempo, quedando sumergidos en un éxtasis amistoso del que no querían salir jamás.
Un golpe de aire que cerró una ventana entreabierta, sacó de su mundo interior a Rebeca, devolviéndola a la realidad. Volvió en sí. Se percató de que lloraba cuando una lágrima se deslizó de su mejilla y fue a caer en su mano. Enseguida cerró los ojos, intentando contener el torrente que parecía venir de su interior. Miró de soslayo el teléfono. Silencio. Se acercó un poco más a la mesita que lo sustentaba. Acercó su mano otra vez. Descolgó. Escuchó el tono. Empezó a marcar. Su mano temblaba de nuevo. No lo pudo resistir. Colgó.
Gritó de desesperación. No era capaz. No encontraba las fuerzas necesarias para hacer lo que quería hacer. No tuvo la entereza necesaria para conservar aquello en que la vida le iba. De nuevo, el recuerdo de aquella tarde le sobrevino. Risas y risas. Carreras cortas entre los álamos. Instantes de sosiego junto al manantial de agua cristalina. Era el mundo perfecto. Hubiera vivido en él toda la vida. Cerró los ojos. Dejó volar su imaginación. Al abrirlos, se descubrío recostada en el sofá, con los ojos enrojecidos.
Tras esa tarde que rozó la mas abosluta perfección, Agustín y Rebeca volvieron a casa. Se encontraban exhaustos tras un atardecer digno de una buena película romántica. Ninguno de los dos quería mostrar sus verdaderos sentimientos. Eran muy buenos amigos. Eran, respectivamente, sus mejores amigos. Sin embargo, en su corazón latía algo más que amistad. Rebeca, se había enamorado perdidamente de Agustín. Y él, comenzaba a sentir en su estómago un cosquilleo especial cuando se encontraba a su lado. Ninguno de los dos tuvo el impulso necesario para dar el salto. Tuvieron miedo. Miedo a romper el hilo que los unía. Inseguridad al no sentirse correspondidos, quizá. Rebeca hizo un ademán de coger la mano de Agustín, pero en el último momento, la retiró con rapidez. Agustín, pensaba en la manera más dulce de decirle a Rebeca que estaba empezando a enamorarse de ella. Pero en una de las miles de miradas que cruzaron durante el camino a casa, vio tal felicidad en su amiga, que no tuvo valor para regalarle lo que su corazón sentía.
Al cruzar uno de los puentes que unía el parque con la avenida que conducía al centro de la ciudad, Agustín resbaló. Golpeó su cabeza con uno de los pilares de sujeción de la barandilla metálica que se situaba a ambos lados del paso. Rebeca quedó paralizada. El chico murió en el acto...
Rebeca comenzó de nuevo a llorar. No tenía consuelo. No había nada en el mundo que pudiera paliar el dolor que sentía su corazón. Se incorporó, y volvió su mirada a la ventana. El viento había dejado de golpear los cristales. Todo permanecía en quietud.
La puerta de la habitación se abrió, y una enfermera cargada con una bandeja de medicación cruzó la estancia. Al llegar junto a Rebeca, la recostó nuevamente en el sofá, y arregló un poco la manta que la cubría. ¡Ayy cariño, no mires más el teléfono, mi vida!, le decía con amor maternal.
Tras el suceso, Rebeca entró en una depresión profunda, y fue internada en un centro de asistencia mental, a las afueras de la ciudad. Su mente continuaba anclada en el pasado. Desde el accidente, nunca más pronunció palabra alguna. Siempre se encontraba al lado del teléfono. Su único pensamiento consistía en llamar a Agustín para decirle que lo amaba...
La inseguridad personal vive instalada en nuestro corazón. Hacerle hueco a la confianza en uno mismo y en sus posibilidades, es a menudo tarea más que imposible. Sin embargo, una vez que uno es consciente de sus limitaciones, puede cambiar un estilo de vida por otro. Creer que podemos ser capaces de mejorar, sin dejar atrás aquello que nos ha hecho bien, es fundamental para el desarrollo integral de la persona. Abrazar nuestra debilidad para convertirla en fuerza para seguir adelante es la mejor manera de afianzar nuestra autoestima. Basta con observar la vida tal como es, sin dejar que las situaciones que podamos vivir minen nuestra confianza a la hora de sobreponerse a las dificultades. Cada alto en el camino nos supondrá un esfuerzo al límite de nuestras posibilidades. No desfallezcamos si no conseguimos llegar a la meta en un primer momento. Apoyemos nuestra carga en aquellos que nos aman y que caminan a nuestro lado, y nos daremos cuenta que al compartir nuestra carga, viajaremos más ligeros. Busquemos el momento oportuno para regalar lo que nuestro corazón siente en cada instante.
¡ Feliz Pascua de Resurrección a todos !!

viernes, 23 de marzo de 2007

Donde nos lleve el alma

A medida que vamos creciendo, vamos tomando conciencia de muchos temas que, a veces por la inocencia, y a veces por mal entendimiento, no llegábamos a comprender. Aunque, si bien es verdad, por los ojos de un niño se ve la vida de una forma más clarividente. Con el tiempo nos empeñamos en complicar cada situación. Es como si fuera nuestro deporte favorito. Y luego, ¿para qué?. Para darse cuenta de que no hacía falta enrevesar nada.
En ocasiones, el paso del tiempo nos brinda a brazos abiertos un nuevo modelo de persona. Mucho más atractivo, inteligente -según se vea- y quizá hasta con ciertos aires de glamour. Si nos dejamos llevar, y caemos en la redes de la indiferencia, crearemos conflictos interiores.
Lidia trabajaba de asistenta social en un centro de menores. Tenía la posibilidad de analizar en profundidad muchas historias desgarradoras de niños que llegaban al centro, tras quedar huérfanos de casi todo. Podía comprobar en directo como llora un niño que ha perdido a sus padres en un accidente de tráfico, y del que la familia más cercana no quiere hacerse cargo. O aquel chaval rebelde, que pensaba que robar era un medio para ganarse la vida; y ganó, es verdad. Ganó estar de correccional en correccional. Trataba de no implicarse demasiado en cada historia. Pero a veces resultaba imposible.
Una mañana al llegar al despacho, se encontró con Miriam. La chica, de dieciocho años, estaba acurrucada junto a la puerta de entrada. Temblaba. Parecía tener frío. Lidia se acercó rápidamente, y se sentó junto a ella. Se quitó el abrigo que traía, y cubrió el cuerpo helado de Miriam. La abrazó con fuerza y la invitó a levantarse y a entrar en el despacho. El centro se comunicaba con la pequeña oficina a través de un patio interior, con una puerta que casi siempre estaba abierta. No en vano, Lidia programaba visitas a cada uno de los internos.
Una vez dentro, puso en marcha la calefacción y encendió la máquina de hacer café. Al instante, una taza humeaba en el centro de la habitación. Todo ello, sin mediar palabra. Le acercó el café, y Miriam bebió lentamente. Ya parecía tener mejor color. Se despojó del abrigo de Lidia, y posó sus ojos en la asistente social. Estaban sentadas una enfrente de la otra. Lidia tendió su mano por encima de la mesa, buscando la mano de Miriam. Pero no encontró lo que buscaba. Cinco minutos desde que entraron, y sin mediar palabra alguna entre ambas. Aun siendo una situación cotidiana, Lidia no podía soportar estar en silencio. Respetaba, eso sí, que cada cual se comportara según los dictados de su corazón; pero no era capaz de comprender los silencios cuando no te sientes bien.
Miriam apuró el café rápidamente. Paró de llorar. Secó sus lágrimas con la manga de un top ajustado color crema que llevaba puesto. Lidia estaba dispuesta a romper el hielo, pero no sabía por donde empezar. Se levantó al archivo que tenía a sus espaldas, y buscó el expediente de Miriam. En ese instante, todo comenzó a suceder.
-Lidia,- tímidamente balbuceó la chica
-Miriam, cariño. Dime,- expresó con dulzura
Miriam se levantó de la silla y fue corriendo a abrazarse con Lidia. La asistenta social la abrazó con ternura maternal. Otra vez el silencio se apoderó de la sala. Miriam se sentía reconfortada sus brazos. Volvieron a sentarse cada cual en su lugar. Lidia le preguntó que como se sentía, y ella empezó a relatar su historia, su propia historia. Mientras se mordía las uñas, Miriam le contaba como había llegado a estar en esta situación. De pequeña siempre le había gustado ser la primera en todo. Tenía ese afán infantil de llamar la atención constantemente, para que todo el mundo le hiciera caso. Algo, por cierto, totalmente natural. Con el paso de los años, continuó copando el interés de la familia. Se sentía importante, muy importante. Y no era para menos. Sin embargo, esa posición fuerte de dependencia de estar en el centro del huracán, le traería ciertos comederos de cabeza. Acostumbrada a todo, empezó a descubrir que la nada también existía. Con quince años, decidió que la vida en familia ya no era para ella, y barruntó irse de casa de la noche a la mañana. Sus padres intentaron hacerle cambiar de opinión para que se quedara. Pero no consiguieron mas que pasar un mal trago. Miriam, convencida de que sus padres lo intentarían todo por ella, se dio cuenta de que se encontraba sola por primera vez en la vida. Tenía las maletas en la puerta, un billete de tren en el bolso, algo de dinero ahorrado de las fiestas de cumpleaños, y un destino totalmente incierto que se abría paso delante de sus jóvenes y confiados ojos.
Mientras Miriam le contaba su historia, con sus propias palabras, Lidia iba sumergiéndose en la historia con pasión. Observaba cada gesto de la chica, y fijaba su atención en la manera que tenía de expresar sus sentimientos. Miriam, vendió el billete de tren, y se quedó el dinero para sí. Deambuló por la ciudad. Dormía en casa de alguna de sus amigas, hasta que el dinero voló. Tentada en muchas ocasiones de llamar a casa y volver, cuando escuchaba la voz tierna de su padre al descolgar, el mundo se le venía encima. Nunca fue lo suficientemente fuerte para decir lo siento y regresar. En esa situación pasó dos años y medio. Hasta que conoció de la existencia del centro en el que trabajaba Lidia. Al llegar, quiso llamar a sus padres y decirles que estaba bien, que no se preocuparan. Había vuelto a estudiar, y volvía contar con la amistad de nuevos amigos, casi todos conocidos en sus reuniones diarias en el centro. Sin embargo, nunca más le volvieron a coger el teléfono. Trató de localizarlos con la ayuda del personal de la institución. Hasta que un día, le llegó una noticia: sus padres habían muerto en un accidente días atrás.
Desde entonces, llevaba sumida en una terrible depresión. Ahora si que era verdad que se encontraba sola. Había soledad en su corazón. Recordaba sus años de niñez, donde siempre era la estrella de la película. Cómo la miraban orgullosos sus padres, que lo habían dado todo por ella. Y ahora le venía el típico y no menos terrible sentimiento de culpabilidad. Se separó de lo que le daba sentido a su vida: su familia. Prefirió buscar en solitario algo de lo que ni siquiera tenía certeza de que podía existir. Se aferró a una idea que para ella tenía sentido. Pero se dio cuenta el mismo día de su partida que estaba equivocada. Cuantas veces intentó saltar la valla de su propio yo para salir corriendo en busca del cariño infinito que encontraría en casa.
Lidia escuchaba con atención, mientras sus ojos se enrojecían por momentos. Miriam terminó de contarle sus impresiones, y con un sincero "gracias" salió del despacho. Lidia se reclinó en su silla, y trató de ordenar sus ideas. Pasó toda la mañana intentando buscar las palabras adecuadas que pudieran ayudar a Miriam. Le dejó una nota en su habitación citándola para la tarde.
Miriam nunca llegaría a la cita. Tras la comida, se encerró en su habitación. Tomó una foto antigua de sus padres con ella en una fiesta de cumpleaños, y sonrió. La dejo encima de la cama. Extrajo de su bolso una jeringuilla cargada con un líquido transparente. Ató la goma elástica por encima del codo, y con la ayuda de sus dientes, la apretó. Lentamente, introdujo la aguja en la vena, y con el dedo pulgar, apretó el émbolo hacia dentro. Se tumbó en la cama, y esperó.
Lidia, al ver que no llegada, se acercó a su habitación. La encontró cerrada, por lo que solicitó a un compañero la llave. Al abrir la puerta, se encontraron sin vida a una adolescente de dieciocho años...
Hay ocasiones en las que tomamos decisiones a la ligera, sin tener en cuenta las posibles consecuencias de nuestros actos a corto y largo plazo. Y no es posible saberlo a ciencia cierta, pero si podemos poseer una pequeña dosis de certeza de lo que puede ocurrir. Dejar a un lado lo que nos une por buscar nuevos horizontes, a veces es casi incomprensible. Tomar nota de lo bueno que tenemos para afrontar un futuro inmediato e incierto, no es algo descabellado. Tirar por la borda toda nuestra vida anterior, es quizá caminar por un sendero estrecho. Tratar de buscar en el exterior, lo que ya tenemos dentro de nuestro corazón, es posiblemente inusual. Desaprovechar los momentos que la vida nos regala para compartir nuestra alegría por nuestros logros vitales, da sensación de extrañeza. Olvidar a menudo cual es la fuente que nos proporciona sustento, es un error consumado.
Equivocarse al tomar el camino es síntoma de humanidad. Acudir a la sabiduría para rectificar llegado el momento, es nuestro vivir diario. Y nos podemos preguntar cuál es la verdadera sabiduría. Quizá sea la que nace del corazón, y nos mueve lentamente por la vida. O tal vez, la que tomamos prestada de las personas que nos quieren. O tal vez, la que brota de la amistad. O posiblemente, la que nos brinda cada momento de debilidad...
Abrir el alma de par en par y compartir lo que en ella vive, es nuestro destino.

martes, 6 de marzo de 2007

A vueltas con las discusiones

Raquel y David caminaban por uno de los senderos de la margen derecha del río. El atardecer acompañaba sus pasos, iluminando cada resquicio oculto del camino. Sus pasos eran lentos, parsimoniosos. Delataban inquietud y desasosiego. Caminaban con la cabeza agazapada en su pecho, absortos en un mundo interior que no les permitía la salida. Normalmente, sus manos iban entrelazadas mientras paseaban. Esa tarde, no existía contacto piel con piel. De vez en cuando, alguna lágrima escapaba de los ojos de Raquel, y bajaba como un rayo hacia la tierra. Impacto silencioso al oído humano, lleno de dimensión para los diminutos seres vivientes, que eran testigos de su caminar.
Habían discutido. Habían empleado palabras y frases fuera de sentido y total control. El volumen de su voz no era esencialmente elitista. Más bien, altanero y socarrón. Aspavientos y gestos en el aire, acompañaban cada exposición. Subían por una escalera con proporciones gigantescas. Cada escalón, les permitía ver por encima del hombro al otro, dejándoles en una posición de preeminencia, que era relegada rápidamente, al poner en marchar nuevos argumentos insolentes. Un toma y daca sin igual. Una batalla en la que dilucidar quién serían los vencidos. Porque al fin y al cabo, una discusión, dificilmente deja un vencedor.
La guerra por llevar la razón se había convertido en la base de una relación que cada día tenía nuevas intrigas. Con el paso del tiempo, un mejor conocimiento mutuo, y ganas de complicar la vida, ambos se habían embarcado en un crucero con destino a la mediocridad y a la sinrazón. Navegaban sin rumbo fijo, con la esperanza de que una vez llegados a puerto, la divina providencia les proporcionara la suficiencia necesaria. Pero, ¿para qué? ¿Para volver a montar un circo por cuatro miserables tonterías? ¿Para llenar de sentido días en los que no me he sentido bien? ¿Para echar la culpa sobre los hombros de quien pienso que me pertenece?
Dificil solución para quien busca en la discusión y en el enfrentamiento su bandera.
David, al que solía acompañarle la buena fortuna en cuanto a discusiones se refiere, hablaba con una incorrecta sabiduría. Mientras, en el otro lado de las cuerdas, Raquel observaba los puntos flacos del discurso de su amante, tomando nota de cada palabra, de cada emoción librada. Y llegado el momento, se lanzaría al cuello de su argumentación como una fiera salvaje...
Continuaban caminando inmersos en sus pensamientos interiores. Cuánto cuesta salir de ese autobús en marcha. Cuánto cuesta reconocer que tras cada palabra hay trozos de cristal a modo de bomba de racimo. Cuánto tiempo se necesita para verificar que cada uno de ellos quiere el trono de su apasionada relación, sabiendo a ciencia cierta que solamente unidos pueden reinar...
La tarde moría en el horizonte, mientras el sol habíase marchado a descansar. Una luz tenue cubría el cielo. David levantó su cabeza. Raquel despertó de su sueño. Cruzaron miradas. Un segundo, Volvieron a esconder la mirada. El camino se acababa. La soledad buscada para amarse sin control, quedaba bastantes metros atrás. Paseaban medianamente juntos. Unos centímetros separaban dos cuerpos sin vida aparente. Si se afanaban en oir el ruido de la vida, era posible escuchar los latidos de dos corazones. David aumentó el ritmo de su marcha, de manera que en pocos pasos ya estaba por delante de Raquel. Ella, sumida en una tristeza conocida, no se percató de nada. Cuando Raquel quiso darse cuenta, casi tropieza con el cuerpo de David. La estaba esperando. Era su momento.
Volvieron a intercambiarse miradas de soslayo. No podían mantener los ojos en ciernes. Parecía un juego imposible. David estuvo a punto de tirar la toalla. Raquel observaba. David alzó su mano buscando la de ella. La encontró fría, húmeda y solitaria. Acercó su otra mano, y masajeo ligeramente para ofrecer algo de calor. Volvieron a mirarse. Esta vez si consiguieron suspender la vida en sus miradas. No se escuchaba nada. Solamente los latidos fuertes y acompasados de cada uno de sus corazones. Era el momento. Único instante...
Buscar el sentido real a una discusión, no es del todo sencillo. Viajar en el vaivén de la confrontación, nos lleva a situaciones de las que normalmente nunca salimos airosos. Cierto es que para dar dar por finiquitado un instante de esos, hay respirar hondo, e investigar serenamente el motivo de tal intromisión. Yo mismo podría decirme que las palabras se las lleva el viento. Que cuando uno está enfrascado en una batalla liguística, manda la sinrazón, mientras el corazón permanece en el banquillo.
Ahora bien, personalmente me niego a claudicar ante semejante soez. Si discuto es porque no he hecho las cosas convenientemente bien; o por menos, con la conciencia tranquila. Tras cada discurso malsonante se esconden miedos, incertidumbres, anhelos, que por alguna razón no han salido a la luz mundana. Quizá sea posible evitar discutir si dejamos nuestro corazón abierto de par en par, listo para engullir todo aquello que ocurre a lo largo de cada día de vida. Solamente de esta manera, podremos llegar a convencernos de que las palabras nacen del corazón. Y si de él brotan, no harán daño alguno. Si convencemos a nuestro lenguaje de no pasar por el camino de la razón impuesta, seguro que nuestro raciocinio, ese que vive en nuestra cabezota, dé el visto bueno a cada palabra emitida dulcemente por nuestra voz.
Y si de todas formas, seguimos discutiendo... siempre tenemos la oportunidad de volver a empezar. Aunque una cosa posee cierta certeza natural: evitar el daño hacia la persona que tenemos al lado, y amarla sin condición, debería ser nuestro único trabajo en la tierra.
David y Raquel lo entendieron mirándose a los ojos, y entregándose un te quiero bajo la luz de una luna creciente...

martes, 20 de febrero de 2007

No es una quimera

Vivimos tan inmersos en nuestro mundo interior y alrededores, que somos incapaces de cerciorarnos de lo que ocurre tras el borde exterior de nuestro yo personal. Tenemos tan bien fijados nuestros objetivos y nuestros quehaceres diarios, que salirnos del guión nos supone cierto grado de irritabilidad e inconsistencia. Es una lucha absurda y sin sentido. Si lo realmente excitante es volver a escribir cada día en una lengua, aprendiendo a construir edificios de palabras en un idioma diferente. Intentar que cada día no se parezca al anterior, no es una quimera. Y abrir de paso nuestra burbuja al aire fresco, una necesidad.
Hace tiempo que dejé olvidada a un lado del camino una historia que, por torpeza, me llevaba de la mano hasta los últimos capítulos. Cuando realmente, a corazón abierto, estaba en el prólogo, o quizá en el preámbulo de una novela larga y llena de situaciones inverosímiles.
Aparté lo que me unía a la trama, y me alojé en casa de la melancolía, sin pagar renta y con unos vecinos desdeñables. Y por supuesto, ella. Muchas veces olvidé la llave que abría mi cuarto. Nunca me atreví a pedir ayuda. Preferí dar la vuelta y entrar por la ventana, que siempre dejaba entreabierta, con el deseo y el pensamiento de encontrarme de bruces con mi historia cara a cara. Había soñado con ese encuentro miles de veces. Siempre la misma escena: me acercaba al escritorio, cogía la pluma, un poco de tinta negra, y esbozaba garabatos a modo de letras y números que parecían no tener sentido. Pero escribía. Tenía la certeza de estar haciendo lo que me dictaba el alma. Todas las mañanas el mismo sueño, los mismos protagonistas, idénticos trazos de tinta sobre el papel. Y nada más. Faltaba algo.
En ocasiones estuve tentado de salir en su busca; incluso salí de mi habitación al rellano del pasillo. Me quedé delante de su puerta con el puño cerrado y dispuesto a golpear en la madera. En todas ellas me volvía a casa arrepentido. ¿Por qué? Ese interrogante martillea sin cesar en mi cabeza. Yo mismo creaba un mundo paralelo cubierto de excusas sin sentido. Y me aferraba a él como mi único tesoro. Buscar la explicación a una situación inexplicable es tarea más que imposible. Ir más allá de mis excusas baratas significaba solicitar clemencia y pedir perdón. No estaba preparado para olvidar cada minuto de vida que voló sobre mi corazón angustiado. Pero era necesario dejar que las promesas escaparan río abajo, y aferrarme con todas mis fuerzas a una nueva oportunidad.
Esa tarde, al volver a casa, todo se encontraba el mismo lugar. La ventaba entreabierta, el escritorio preparado, la tinta en el frasco antiguo. Busqué en el armario el pantalón y la camisa de los domingos. Quería estar preparado. Un toque de perfume. Bien peinado, aunque con barba de tres días. Me armé de valor y salí al rellano de la escalera. Mi corazón latía con fuerza. Serenidad transformada en impaciencia. A dos palmos de mi destino. Cerré la mano. Lentamente, la acerqué a su puerta. Apreté los ojos. Miles de destellos fugaces sobrevolaron mi cabeza. Sentía la cercanía de mi destino. Lo tenía delante de mí. Solo era cuestión de hacer lo correcto. Lo que perseguía con desesperación estaba detrás de esa puerta. Posé la mano en la madera e hice el gesto para llamar. Al volver la mano atrás para impulsarla hacia la puerta, un chasquido hizo que abriera los ojos. La puerta se abrió delante de mi. Recuerdo luz. Una luz tenue pero infinitamente brillante. Me atreví a pasar al interior. Nervios. Allí estaba. Sentada en su sillón. Reclinada hacia atrás, con una sonrisa en los labios. Corrí a su lado con lágrimas en los ojos. Lo siento, esbocé tímidamente. Me envolvió con su mirada. No recuerdo nada más.
Ahora me encuentro delante de mi escritorio, con la pluma entre mis dedos, con la cabeza alta, y una cita a las ocho. Y lo más importante: unidos de la mano vamos escribiendo la historia...
Busqué la Luna Clara, abracé la Angustia de la vida, y quise ser como Ricardo Corazón de León.

miércoles, 14 de febrero de 2007

14 de febrero, San Valentín

San Valentín. ¡Menudo invento comercial! Si todo el mundo conociera o conociese el verdadero sentido del llamado Día Internacional del Amor, es posible que dejara de ser un mercadillo de ventas al por mayor, en el que todos, de alguna u otra manera, somos arrastrados por esa versión humana tan consumista.
Si Valentín levantara la cabeza, como diría algún castizo... Cerraría los ojos aterrado al comprobar en lo que se ha convertido algo por lo que fue condenado a muerte hace muchos siglos. Murió por sus ideas; murió por Amor. Hoy, desgraciadamente, nos encontramos con la más horrible contraposición: la violencia de género. Imposible entender que se mate por amor. Hay tanta diferencia entre morir por amor, y hacer daño supuestamente por él...
Siglos atrás, donde la preeminencia del Emperador romano, era más que un hecho constatable, se dictó un decreto tan absurdo como ineficaz, como se pudo comprobar posteriormente. Claudio II, ordenó que todos los hombres jóvenes solteros serían más eficaces sirviendo al Imperio en los frentes de batalla abiertos, que enamorándose de mujeres jóvenes y acabando en un feliz matrimonio. De esa manera, miles de jóvenes eran obligados a enrolarse en un mundo totalmente opuesto al que soñaban junto a su amada. Sin embargo, gracias a Dios, siempre hubo alguien dispuesto a enfrentarse a la injusticia imperial.
Y no fue un hombre cualquiera. Fue un sacerdote romano, llamado Valentín, el que osó rebelarse ante el poder establecido e intentar ser justo ante semejante injusticia. Se puso en manos de Dios, y empezó con su ardua tarea. Clandestinamente, a espaldas de las instituciones, comenzó a realizar matrimonios entre parejas de jóvenes amantes, para que el chico pudiera acreditar fehacientemente su condición de esposo. Era ilegal que los jóvenes de cierta edad contrajeran el vínculo del matrimonio, pero Valentín sabía a ciencia cierta, que su nueva condición, les eximiría de tener que separarse. Eran bodas ilegales en la forma, pero revestidas de legalidad in facto. Fueron muchos los jóvenes que utilizaron esta vía para escapar de la milicia y poder optar a formar una familia junto a su amada.
Sin embargo, el poderoso emperador, contaba con oídos en todos los rincones de Roma, y fue informado de las licencias que se permitía adoptar este cura antisistema. Sin perder un segundo, ordenó la caza y captura de Valentín, hasta que dio con sus huesos en el calabozo.
Esta ha sido la explicación más extendida de la historia. Sin embargo, contiene una segunda parte más romántica aún.
Antes de que Valentín fuera condenado a muerte, pasó algún tiempo entre rejas. Durante este período, largo y tortuoso, el sacerdote recibía la visita de una jovencita en edad de merecer. Con regularidad, esta joven le llevaba la comida a la celda, y charlaba con Valentín acerca del amor y otros asuntos. Con el paso de los días, Valentín cayó profundamente enamorado de la chica. De rodillas y con un crucifijo en la mano, oraba a Dios pidiéndole que apartara de él ese cáliz. Sin embargo, el amor humano que manaba de su corazón era tan fuerte y real como su condición de preso. Nunca proclamó su amor por esta joven.
Días antes de morir, decidió escribir una carta de despedida. En ella le abrió su corazón, y le expresó con palabras lo que no pudo decirle con sus labios. Al final de la carta, se despidió diciendo: "de tu Valentín..."
Es una historia en la que podemos creer o no creer. Es posible que sucediera, y que a lo largo de los siglos se haya mantenido la tradición oral y escrita de la misma.
Para mí tiene un significado especial. Cuando uno ama, lo hace en muchas ocasiones en contra de muchas adversidades. Y ama sabiendo de la dificultad que ello supone. Pero el amor es más fuerte que el raciocinio. Y ama sin pensar, con los ojos abiertos, con la mirada limpia y serena, con las manos abiertas, con una sonrisa en los labios, con impaciencia, con locura, con sosiego y altanería, en secreto, a la luz del día y al abrigo de la madrugada, acurrucado en la luna y abrazado por los primeros rayos de sol de la mañana. El corazón se acelera. Pálpito indescifrable al contemplar a la persona amada. Por ella lo darías todo, harías lo que fuera necesario. Incluso morir, como Valentín. Por defender el amor libre y sin tapujos de los jóvenes romanos hace muchos años.
Que el amor de Dios invada nuestros corazones, y nos permita Amar. Dejemos que el corazón nos lleve por el sendero de la felicidad, y que nos permita salvar todos aquellos obstáculos que se nos presentarán en el camino.
Donde el corazón me lleve, allí estaré.

lunes, 12 de febrero de 2007

Cuántas veces

Cuántas veces he querido echar la mirada atrás y recuperar ese momento de incalculable valor. Cuántas veces he cerrado los ojos y he sabido transportar mis emociones a lugares que no termino de reconocer. Cuántas veces he dicho una palabra sin sentido original y se han clavado como un puñal recién afilado. Cuántas veces he pensado que la mejor opción ante las cosas de la vida es siempre la mía. Cuántas veces he ignorado la verdad que paseaba ante mis ojos, y he optado por una pseudo realidad a mi gusto. Cuántas veces he intentado sobresalir por encima de mis posibilidades, cuando realmente no me llegaban los pies al suelo. Cuántas veces he hecho oídos sordos ante palabras de amor que brotaban de alguien a mi lado. Cuántas veces quise completar un puzzle en soledad, mientras cada parte de él caía de mis manos temblorosas. Cuántas veces he susurrado "no" a cada pregunta planteada, cuestionando mi propia realidad. Cuántas veces opté por la decisión más fácil, aunque el camino me condujera a una calle sin salida. Cuántas veces no supe ver más allá de mis ojos, centrándome en la lejanía de un mar en calma. Cuántas veces me volví de espaldas frente a la verdad que me perseguía con la guadaña lista y preparada. Cuántas veces eché de menos una sonrisa amable, y no fui capaz de tragar saliva e ir en su busca. Cuántas veces ignoré al amor, y me dediqué por completo al egoísmo flagrante. Cuántas veces... Cuántas veces...
Gracias a Dios, que me da la oportunidad de empezar de nuevo cada día.

viernes, 2 de febrero de 2007

Un pétalo de rosa

Jaime miraba a través de la ventana del tren. Intentaba detener sus ojos en algún punto del horizonte, pero la velocidad del ferrocarril se lo impedía. Se encontraba de pié, apoyando su cabeza contra el cristal. Con el traqueteo, su rostro rebotaba una y otra vez. Cerró los ojos. Quiso imaginar. Apoyó sus manos en la parte inferior del ventanal, como si quisiera empujarlo con fuerza y salir disparado de la cabina. Al cabo de unos segundos, ocupó de nuevo su asiento. Había dejado en él una novela de Pérez Reverte. Le encantaban las novelas de aventuras, y Alatriste era uno de sus personajes favoritos. Y tristeza, era lo que su corazón sentía. Habíase marchado de su tierra, de sus recuerdos, de las clases en el colegio, del campo de juegos, de lo que era su vida hasta ese instante. No era fácil coger el petate, arrimarlo al hombro, y sin mirar atrás, andar por un sendero jamás descubierto. Era salir del cascarón en el que se encontraba cómodo, seguro. Había intentado postergar su salida en muchas ocasiones, pero sabía con certeza, que una de ellas, le llevarían fuera de su feudo adolescente.
Cuando salió de casa, no quiso volver la mirada. Sabía que su madre lloraba, aunque intentaba que no se notara. Su padre, ni siquiera había querido despedirlo. Lazos fuertes, que no quería romper ni resquebrajar. No tenía hermanos. Siempre había añorado tener algún compañero de juegos. Incluso una hermanita hubiera estado bien. Sin embargo lo que más dolía en su corazón por marchar, tenía por nombre Lucía.
Se conocían desde muy pequeños, y con la edad y el paso del tiempo, habían forjado una amistad a prueba de tempestades. Al salir de clase, todos los días, iban juntos a casa; corrían calle arriba en busca de la merienda que les esperaba en la mesa. La felicidad vivía siempre en sus ojos. La mirada sencilla, limpia y feliz de dos niños que jugaban a ser los dueños de toda la comarca. Aunque el destino les tenía preparada una ingrata sorpresa. Uno de tantos días, mientras corrían y jugaban cerca de los campos de maiz, Lucía tropezó y cayó al suelo. Jaime pensó que se trataba de una jugarreta de su amiga, y no le dio mayor importancia. Sin embargo, al pasar los minutos y comprobar que Lucía no seguía jugando, fue en su busca. Encontró a la chica tendida en el suelo, sin sentido. Gritó con todas sus fuerzas, y uno de los vecinos corrió a socorrerlos...
Lucía quedó en una silla de ruedas para siempre. Jaime, al principio, no supo encajarlo. No quería ir a verla, ni estar con ella; ni siquiera hablar un poco a través de la ventana de la habitación de su gran amiga. Le costó muchísimo comprender lo que la vida le estaba ofreciendo. Un día, armado de valor, fue a verla. La encontró en su habitación, leyendo un libro de aspecto antiguo. Tocó con los nudillos, y pasó dentro, con los ojos cerrados. Lucía estaba preciosa: su rostro desprendía paz, y de sus ojos, brotaba una luz intensa. Cuando Jaime alzó la mirada y observó a Lucía, todo cambió. Corrió hacia ella y los dos se fundieron en un interminable abrazo. Desde ese día, Jaime iba a ver a Lucía todos los días. Pasaba horas y horas con ella, mientras le leía libros, le explicaba lo que habían visto en clase, sus nuevos amigos de juegos... Y así pasaron los años. Jaime terminó por enamorarse locamente de Lucía. Sus corazón se aceleraba siempre que estaba con ella. Con solo verla, era feliz. No le pedía más a la vida. Ella era su mundo, y no le importaba nada más. Solo ella. Ella. Lucía.
Nunca volvió a escuchar su voz. La tarde antes de su partida, fue a verla como siempre. No tuvo la fuerza ni el coraje necesarios para decirle la verdad. Se marchaba. No quería, pero su nuevo destino aguardaba en silencio. Con diecinueve años, la vida sigue siendo un misterio. Cuerpo de hombre y miedos de chiquillo. La besó en la mejilla e intentó quedarse con su olor a jazmín para siempre. Cerró los ojos y suspiró...
El tren continuaba su andadura con parsimonia, como queriendo urgar en la herida abierta en el corazón de Jaime. Tomó el libro de Alatriste en sus manos. Pertenecía a Lucía. Lo abrió lentamente, y un pétalo de rosa seco, cayó al suelo. Jaime lo recogió con sumo cuidado. Lo acercó a sus labios. Una lágrima se deslizó suavemente por su mejilla. Lo volvió a colocar donde lo encontró. Al pasar la página, había un garabato que conocía bien. Era el dibujo preferido de Lucía. Se trataba de un monigote sin manos y con una gran sonrisa. Precisamente una sonrisa, fue lo que esbozó Jaime al verlo. Pasó otra página. Lo que vio le dio un vuelco el corazón. Escrito en color rojo púrpura se podía leer: "te quiero"...
Cuentan los vecinos del lugar, que cuando el tren partió de la estación, una voz dulce de mujer se escuchó en el viento...

miércoles, 31 de enero de 2007

A vuelta con las palabras

Cristina salió de casa con lágrimas en los ojos. No era capaz de asimilar con rapidez y audacia lo que estaba ocurriendo. Un sentimiento de vacío invadió por completo su corazón. No podía ser. A ella no. ¿Por qué?. ¿Qué le había hecho ella a la vida?... Andaba sin rumbo fijo, a la deriva, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Hacía frío. Su respiración desprendía un vaho lleno de tristeza, que se mezclaba a partes iguales con la niebla gris de la mañana.
Había dejado a sus padres discutiendo en casa. No era la primera vez. No. Era una constante verlos enzarzarse en una guerra absurda de palabras malsonantes e hirientes. Perdían los papeles con demasiada facilidad, y no eran capaces después de organizar una cruzada infinita en busca del sosiego, la tranquilidad y las buenas formas.
Todas las ocasiones en las que se batían en duelo, generaban irremediablemente un estupor y un miedo insuperable en Cristina. Y lo peor de todo es que lo sabían. Conocían con certeza que la niña sufría. Y sufría mucho. Demasiado para una niña de catorce años, inmersa en un mundo adolescente donde no tenía claro su lugar.
Cristina necesitaba hablar. Pero no sabía quién sería la persona adecuada para contarle los secretos de su alma. Tenía que ser alguien especial. Alguien con la que poder compartir sin miedo y sin tapujos una mirada desconsolada, o un abrazo silencioso, o quizá un llanto interminable. Tenía amigas, pero desconfiaba de casi todas ellas. A esa edad lo normal es tener cientos de amigos. Pero no lo es tanto contar con esa persona tan afin a tí, que no sea necesario cruzar palabra alguna para descubrir el argumento de unos ojos de donde brotaba tristeza y desesperación.
Al cruzar la esquina, Cristina se percató que estaba delante de la casa de su amiga Raquel. Alzó la vista y observó que la persiana de su habitación estaba levantada. Se quedó mirando aquella ventana como si viera en ella su única esperanza. Mientras posaba su mirada en ella, Raquel asomó por la misma. Miró hacia abajo, y descubrió a Cristina, agazapada al lado de buzón de correos. Gritó su nombre al viento. Cristina lo escuchó. Con un gesto inconfundible, Raquel la invitó a pasar a casa. Cruzó la calle sin mirar, absorta en su mundo interior, y se acercó a la puerta de entrada. Al principio, no pudo levantar la cabeza. Se sentía humillada. No era capaz de interiorizar lo que le estaba sucediendo. Raquel se acercó lentamente. Muy despacio. Parecía no querer hacer ruido para no despertar en Cristina algo que no conocía. Solo puso sus dedos en el mentón de su amiga, y dulcemente, con un empujoncito, levantó el rostro de Cristina.
Al primer contacto directo con su mirada le invadió por completo un sentimiento de desesperación. Como si de algo contagioso se tratara, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. No, no puedo llorar, se decía. En silencio, las dos entraron en la casa. Sin mediar palabra ascendieron las escaleras, y subieron a la planta superior. Al girar a la izquierda, se encontraba la habitación de Raquel. Abrió la puerta, y las dos entraron en el cuarto. Se sentaron en la cama, una al lado de la otra. Ni una sola palabra brotó de sus labios. Raquel, que no sabía exactamente lo que ocurría, se encontraba medio paralizada. Temía realizar alguna acción que supusiera más dolor e intranquilidad a su amiga. Cristina permanecía inmóvil, con lágrimas en su mejilla, y la mirada perdida.
Raquel, sin saber cómo abrazó con fuera a Cristina. Ella, al principio, rehusó sus brazos. Pero al ver que no tenía mas que perder, se dejó llevar, mientras salian de sus labios los primeros sozollos sonoros. Cristina temblaba. Raquel también. Pasaron unos segundos. Un par de minutos. Cristina sacó un pañuelo de su bolsillo, y secó sus lágrimas. Al hacerlo y levantar la cabeza, su mirada se volvió a cruzar con la de su amiga Raquel. Pudo contemplar en ellos compasión y cariño, y eso la reconfortó sobremanera.
- Te quiero, Cristina,- balbuceó Raquel mientras detenía sus ojos en su amiga.
- Gracias,- contestó Cristina mientras sus labios recuperaban una dulce y tímida sonrisa...
Una mirada dulce, una caricia tímida, un abrazo a contratiempo, un silencio reconfortante... En ocasiones, bien vale dejar las palabras a un lado, y embarcarse en una aventura de cine mudo. A pesar de que las palabras llenaron, llenan y llenarán cada minuto de nuestra existencia.

lunes, 29 de enero de 2007

La muñeca de Laura

Tras un día lleno de sorpresas, Laura se quedó dormida mientras su padre le leía pausadamente uno de sus cuentos preferidos: la bella durmiente. Siempre había tenido predilección por esa historia. Se imaginaba a menudo ser la bella del cuento, y que se encontraría a su príncipe azul escondido tras la montonera de juguetes que guardaba sin demasiado orden, en una esquina de su dormitorio. Soñaba que lo tomaba de la mano, y que paseaban por cierto parque, mientras el atardecer los acompañaba con sus mejores galas. Hablaban de muchas cosas, competían para ver quién llegaba antes al árbol junto al lago, jugaban al escondite en un campo de girasoles...
Mientras su padre cerraba las cortinas, Laura se abrazó a su muñeca. Nunca dormía sin ella. Era la primera muñeca que recordaba haber tenido. Para ella era muy especial. Era su compañera, su amiga, su confidente. Siempre la llevaba consigo donde quiera que fuera.
Esa noche, por supuesto, no iba a ser menos. La acostaba junto a ella, en el lado izquierdo. La arropaba bien, pues siempre decía que por las noches cogía frío y se resfriaba. Su brazo derecho le abrazaba el cuerpo, y tras realizar un guiño de complicidad a su compañera de cama, con los ojos cerrados, su respiración se acompasó a un ritmo dulce y cadente.
Durmió del tirón toda la noche, y al despertar, se dio cuenta de que estaba girada al lado contrario de su muñeca. Se volvió para darle los buenos días a su amiga, y descubrió que la muñeca no estaba en su lugar. ¡Peque!, gritaba con desesperación. Al oir los gritos, su padre corrió en su busca. Al entrar en la habitación, encontró a Laura llorando. Se acercó a ella, la abrazó y le dio un beso tierno en la mejilla. ¿Qué te ocurre, mi vida?, le preguntó susurrando. Laura le contó lo que le ocurría. Juntos decidieron buscar a Peque. Revolvieron toda la habitación en su busca. Pero no dieron con ella. Laura cada vez lloraba más. Su padre trataba de consolarla, pero no había manera. Era la hora de ir a desayunar para ir al colegio, y Laura no estaba para muchos festejos. Su padre, como pudo, se llevó a la niña a la cocina, y estuvo con ella hasta que se bebió un poco de leche. No quiso nada más. Laura no mencionó palabra en el rato del desayuno. Una vez vestida y con la mochila a cuestas, salió de casa y cogió el autobus que la llevaría al colegio. Pasó la mañana absorta y abducida por sus pensamientos. Creía que Peque la había abandonado para irse con otra compañera de juegos. No atendió en clase, no salió al recreo a jugar con sus amigas. Solo lloraba. Lloraba.
Al salir de clase, y una vez recorrido el trayecto en autobús, llegó a casa. Subió corriendo las escaleras rumbo a su dormitorio. Abrió la puerta con sigilo, como si no quisiera entrar en la habitación. Cerró los ojos. No quería llevarse otra decepción. Entró a ciegas. Se dirigió hacia la cama. Iba palpando con las manos. Por fin llegó al cabecero. Posó sus manos en el colchón. Estaba nerviosa. Sentia que su corazón corría deprisa. Abrió los ojos al fin...
Peque estaba sentada encima de la almohada, con su habitual sonrisa y los brazos abiertos. Laura al verla, comenzó de nuevo a llorar. La cogió suavemente, y la abrazó fuertemente. Su madre, que había encontrado a Peque enredada en las sábanas, la había seguido hasta su dormitorio. Al ver a Laura llorar, entró en la habitación. La niña le contó lo mal que lo había pasado. Su madre, besó a Laura en la mejilla y le dijo: "Laura, no tienes que preocuparte tanto por las cosas. Sabes que Peque no se va a ir de tu lado, porque te quiere mucho. Eres pequeña, y todavía no llegas a comprender, pero es necesario saber afrontar las dificultades con esperanza. No tienes que llorar tanto, ni tienes que estar ausente, ni siquiera tienes que dejar de comer. Vive la vida, cariño, con alegría, con la esperanza puesta que te vas a divertir, en que vas a conocer a amiguitos nuevos, en lo mucho que vas a aprender en el cole... Deja que tus preocupaciones se vayan por donde han venido. Eso sí, mi vida, piensa que la vida está llena de pequeños momentos llenos de dificultades. Pero para eso está papá y está mamá, para ayudarte en lo que necesites..."
Laura no entendió demasiado las palabras de su madre. Sin embargo, el encontrarse de nuevo con Peque le había enseñado algo: cuando anhelas de verdad que algo suceda, lo más normal es que te lleves alguna que otra decepción. Sin embargo, si cierras los ojos y te aferras a la esperanza, es posible que al abrirlos, te encuentres de frente con la realidad que buscabas.
Hoy por hoy, me encantaría tener la inocencia y la esperanza de Laura...

viernes, 26 de enero de 2007

Ante la incertidumbre...

Temor a lo desconocido. Una actitud innata que nos sumerge de lleno en un estado de embriaguez temeraria, que en ocasiones, da lugar a insospechados comportamientos no deseados. Jugar a los médicos con una señorita de primer apellido "ansiedad", no es del todo placentero. Aparece ante nosotros con un halo de diva, ante el que difícilmente, nos podemos resistir. Es necesaria una entereza física y mental, de la que en la mayoría de las ocasiones carecemos por naturaleza. Se instala en nuestro interior, se hace hueco en nuestro corazón y desde allí, domina por completo nuestro raciocinio. De tal manera llega a actuar, que el eco de su voz se propaga a la velocidad de la luz por todo nuestro entorno. Suavemente, con la dulzura propia de las salinas marinas, convierte nuestro yo en puro nerviosismo sistemático. Y da lugar a innumerables actos de un sainete del que no podremos ser nunca directores. A lo sumo, actores de segunda fila, y gracias.

Y yo me pregunto, ¿y para qué? Somos incapaces de cantar otro tema con el que intentar inclinar la balanza hacia el lado de la serenidad, de la paciencia y del sentido común. Nos sentimos atenazados por una sensación tan horrible como absurda. De hecho, lo más común es vernos sumidos en un estado de shock, del que nos cuesta Dios y ayuda salir a flote. Mientras navegamos en un mar revuelto, dejamos que pasen delante de nuestros ojos, tantos momentos y situaciones que van a morir en ese cementerio de instantes olvidados, situado en una parte del alma, de que la no tenemos acceso. No es fácil. Partimos de que es muy difícil. Seguro que sí. Pero tanto como que es posible coger el toro por los cuernos y lidiar con él.

Tomar de la mano las dificultades es un acto de heroicidad suprema. Estamos acostumbrados a vivir con angustia vital. Sustituyamos este sentimiento de acongojo por la seguridad en nosotros mismos. Confiemos en nosotros. Demostremos a la incertidumbre que a pesar de su poder hipnótico, es posible actuar de otra manera. Y eso se hace desde la confianza que suscita darle la importancia correcta a cada momento vivido. Al convertir la preocupación en obsesión, dinamitamos nuestro sistema de flotación, cayendo irremediablemente en un hundimiento paulatino y sin posibilidad de reacción, salvo que acudamos a nuestro propio salvavidas.

Sin embargo, siendo conscientes de lo tenemos encima de nuestras cabezas, es posible continuar adelante. Miremos nuestro corazón, dejemos que brote de él la confianza que necesitamos, echemos un vistazo a la vida de soslayo, y tomemos conciencia que, una vez analizada, mascullada, servida en bandeja de plata, y realizada la digestión pertinente, estamos en disposición de acoger una nueva gira de conciertos de nuestra diva invitada. Y por supuesto, si encontramos en la cola de entrada al show, la mirada tierna de alguien que nos tiende la mano con una sonrisa en los labios...

jueves, 25 de enero de 2007

Echar de menos...

Qué fácil es zambullirse en la melancolía mientras visualizas recuerdos de personas que han pasado y pasan por tu vida a menudo, y que por razones del destino, se encuentran lejos. Incluso las lágrimas se apostan a la puerta de unos ojos, que un poco más cansados que ayer, denotan cierta nostalgia. Podría vivir del pasado... a costa de perder de vista un presente que no va a volver jamás. Es el continuo dilema con el que me encuentro en muchas ocasiones a lo largo de los días. ¿Recordar o vivir? Porque vivir recordando, como que no me sale. Hace mucho tiempo descubrí la importancia de luchar intensamente por cada minuto de vida. Y eso, con la certeza de que estoy en el buen camino (o por lo menos, eso creo con firmeza). Sé que tengo que convivir con el presente, y abrazar el destino como un inmenso regalo (a pesar de no poder abrir el envoltorio que lo cubre con anterioridad). Eso si: el efecto sorpresa sorpresa, que diría alguna, siempre lo tengo en mis manos. Creo que eso es síntoma de que estoy vivo y coleando...

miércoles, 24 de enero de 2007

Por primera vez

Esta mañana al despertar, he sentido la necesidad de agradecer. No siempre me levanto con estos deseos tan elocuentes. Es más, es posible que la mayoría de los días, maldiga alguna que otra vez el pitido del despertador. Sin embargo, hoy he sentido esa inexplicable necesidad para muchos, y lo común para un determinado número de personas.
Gracias por poder vivir un día nuevo. Seguro que lleno de sorpresas. Hay tanto por vivir, que se nos escapan los instantes, los segundos, las horas... pensando en no se qué cosas.
Gracias por ir a trabajar. Si, por ir a trabajar. Se que no es normal decirlo, pero hoy me siento con la entereza necesaria para proclamarlo a los cuatro vientos.
Gracias por tener un techo donde vivir. Mis ojos se llenan de lágrimas de cocodrilo cuando pienso en determinados seres humanos, que no tienen que pagar todos los meses la hipoteca, ni el recibo de la luz, ni el recibo del agua, ni las llamadas 3G del móvil... Si tras esa compasión absurda, lograra concienciarme de verdad, otro gallo cantaría.
Gracias a mis amigos, que en silencio soportan mi existencia. Sin ellos, estoy seguro que mi vida tendría otro sentido; es más, creo que carecería de sentido. Gracias porque a través de los momentos vividos, he aprendido el sentido que debe iluminar mi camino, aunque estemos lejos, aunque la distancia sea a veces más fuerte que el sentimiento.
Gracias a la familia. A la mía personal, por haberme dado la oportunidad de vivir y crear una historia de la nada. Al resto de ella, miles de gracias por ser eso, mi familia.
Y por supuesto, gracias a mi compañera de vida, Silvia. Sin ella, cada minuto de mi existencia estaría totalmente vacío.
Ahhh !! Se me olvidaba. ¡Qué cabeza la mía! Gracias a Dios por haberme llamado por mi nombre, y por haber querido regalarme el mayor de los presentes: la VIDA.